| ACONCAGUA 2007-2008 1a PARTE
Por Yuri Contreras Cedi
Para la montaña no hay fechas, aniversarios ni tiempos. Hay día y sol, viento y estrellas, nieve y piedras, así que el 31 de diciembre eran los seres humanos que merodeaban con sus alegrías y sueños la falda del Aconcagua, “El Centinela de Piedra”. Se espera el último día del año para poder proponerse todo tipo de parabienes por sencillos o absurdos que parezcan, una mágica estela de esperanza envuelve nuestra mente con deseos la mayoría de las veces ambivalentes con mucho sentido, pero sin la voluntad suficiente para mantenerlos con vida.
Nosotros vivíamos simplificados, encarábamos un sueño hecho realidad: estar el primero de enero ascendiendo por sus cuestas. El juego real empezó ese día y alcanzamos los 5 mil 300 metros del campo I con holgura física y mental. Con ocho días de vivir en la tienda de campaña, decidí que por la aclimatación y forma física podríamos intentar llegar a la cumbre de América desde el campo I y saltarnos establecer el campo II, lo que suponía un esfuerzo extra pero sobre todo, el peligro de perder tan buen clima que al parecer venía. Y así fue, el viento que es moneda de cambio en los Andes, desapareció la noche del 4 de enero al 5. Laura dormía como oso pardo y yo giraba como pollo en asador tratando de conciliar un sueño en un cuerpo inundado de adrenalina.
El ataque a cumbre es el día de guerra, son las horas que grabaran tu historia para bien o para mal porque en la montaña los errores tienen sanciones muy severas. No podíamos salir muy temprano por el intenso frío, pero la estufa empezó a rugir desde las 5 de la mañana, me vestía con capas de telas que me aislarían del frío y en esa vorágine de movimientos, Laura apenas despertaba. No hubo un buen día tierno ni mucho menos. Un seco “apúrate que vamos tarde” llenó el metro cuadrado de nuestra tienda. En la mochila lo mínimo, chamarras de pluma, geles de carbohidratos a la mano, fruta seca, barras de chocolate y dos litros de agua para las próximas 12 horas de ejercicio, banderines, lentes de sol, crampones (picos de hierro que se colocan en las suelas de la bota para agarrarse en caso de hielo) todo empacado en marcha; nuestra propia batalla ha comenzado.
La subida hacia el refugio Berlín a 5 mil 800 no tarda en embestirnos y el paso lo trato de mantener firme y continuo para combatir el frío que intenta hacer mella en los lugares por naturaleza puntos flacos: pies y manos. Poco tiempo había pasado cuando veo que Laura se rezaga, algo poco usual, el frío es intenso y la escucho quejarse, la espero y por entre el pasamontañas negro la veo mal. Tiene mucho frío en las manos y dice que se siente mal. Un guía debería en ese caso, sentarse al lado del cliente, calentar las manos, sacar un poco de té y decirle que tome su tiempo, respire profundo y que vamos a ver cómo se siente, si no para regresar.
Un cómplice se voltea y le dice “…no manches Laura, llevamos 15 minutos no hagas panchos, ni siquiera hace tanto frío”. El otro cómplice le mienta la madre en silencio al otro y me dice: “Déjame sentarme ahorita me recupero” y la vuelve a mentar. Aprovecho la obligada parada para darle dos hand warmers (calentadores químicos que se ponen dentro de los guantes) a ella y yo ponerme otros tantos. Entre refunfuños busco un lugar para tirar un cacahuate que me está molestando desde la madrugada, mi overol tiene ziper de niño en la cadera así que a pesar de la facilidad de la maniobra, el poco viento congela el cacahuate y las inmediaciones por lo cual regreso de más mal humor y con algo más que el alma helada.
Los calentadores químicos aunados a los guantes de pluma de ganso con gore tex, han empezado a mitigar el dolor de sus manos, ella no me lo dice pero mi falta de apapacho y reclamo le han levantado los pies del suelo y promete en su interior no quejarse más, pero más que su voluntad de mentarmela, es un gel de carbohidratos lo que su cuerpo reclama y nuevamente encontramos el paso y la vereda que nos hacen ganar altura con velocidad. La claridad nos saluda y el imponente Aconcagua proyecta su sombra contra un hermoso horizonte que viene a regocijar el alma y la mente nos sincroniza con la montaña y entre inolvidables paisajes de postales alcanzamos los 5 mil 800 metros del refugio de Berlín.
El viento no ha cedido, pero tampoco está muy fuerte, hemos alcanzado a un par de escaladores que han salido mucho antes que nosotros, nuestro tiempo con todo y parada es muy bueno, una hora y 45. Ingresamos al vetusto refugio de Berlín para guarecernos del viento y tomar un poco de agua y alimento. En su interior dos montañistas de la Policía de Rescate guardan la estufa que aún destila aroma a bencina y nos preguntan nuestro objetivo. La cumbre. Nos ven y advierten, que es un poco tarde que si no estamos en la cumbre a más tardar a las 4 tendremos que regresarnos. Un par de tragos de agua, gel, fruta seca y empezamos nuevamente nuestra ascensión sin retardo.
Al poco tiempo volteamos y vemos a los “papalima” (así se les conoce en la radiofrecuencia) seguir nuestros pasos. Sin decirlo tan siquiera (como lo hacen los buenos cómplices) apremiamos el paso para que no nos alcancen y en el jueguito rebasamos a cinco personas que han salido por lo menos con dos horas de antelación a nosotros. La subida hasta Independencia es larga, demandante y desesperante, es una verdadera mentada y nuevamente Laura empieza atrasarse. No mucho, sin palabras me dice que ahí va y no paramos hasta alcanzar la cota de los 6 mil 300 metros en el semidestruido refugio Independencia. Los Papalima llegan con escasos minutos de diferencia y su actitud ha cambiado considerablemente de lo estricto de sus palabras a la camaradería de hermanos de montaña.
La ‘flais’ se mantiene silente, no se queja pero me dice que no tiene fuerza, las piernas no le responden como quisiera y que tiene un poco de dolor de cabeza, la altura la ha golpeado con persistente consistencia y le empieza a drenar la energía física y a roer las fuertes fibras de la voluntad. Por primera vez la veo mal. A diferencia de hace 4 horas, veo en su exterior cómo sufre por dentro, lo he visto muchas veces cómo la altura se posesiona de los cuerpos y les extrae la energía la voluntad el alma. Me preocupo, veo la posibilidad de regresar como un hecho de facto. Los Papalima nos recuerdan que no perdamos tiempo y nos pongamos los crampones (tachos de aluminio bajo las botas) porque hay hielo hasta la cumbre. Le digo a ‘Lau’ que se tome otro gel y agua, que no se preocupe, que se ponga los crampones y que seguiremos paso a paso.
La ternura y comprensión del cómplice poco duro. En menos de un minuto Laura voltea y sin más suelta al aire: “No traje los crampones”. Ay, ay, ay, papá. Un guía diría: “ah qué caray, no te preocupes, vamos pon otra cara”. Un cómplice dice: “No manches, eso sí no, ya valió madres, no, no, no”. ‘Lau’ con coraje y tristeza lanzaba al aire “Perdón, perdón”. El cómplice ante la discreción de los Papalima “no sirve el perdón aquí, no hay perdones, Laura, no existe el perdón en este juego, esto es cosa de hombres, no hay perdón porque no sirve de nada”. El álgido momento se trató de resolver colocando mis crampones en sus botas pero requeríamos de un destornillador que nadie tenía y el predicamento lo resolvió Pablo Tantera con un simple: “Yo creo que puede subir sin crampones”.
Laura y yo nos miramos, sellamos en silencio el pacto con un simple: Vamos a intentarlo. “Deja tu mochila para que subas ligera”. Laura esconde su mochila en el derruido refugio y mete su chamarra de pluma chocolate y un litro de agua en mi mochila, de reojo veo la procesión de enseres que entran en la espalda cuando súbitamente veo que en sus manos se encuentras sendos manteles largos, uno verde u otro café del tamaño de la estudiantina de Guanajuato. El cómplice nuevamente increpa “¿Y eso qué?”. Laura sin tono alguno dice “son los banderines -de la escuela de sus hijos y el lugar donde trabaja-”. El cómplice que ya tenía la vesícula a todo lo que daba se deja ir contra las enseñas de honor: “Yo no voy a cargar ninguno de esos gigantes banderines”. Laura lanza un “pero…” -“Qué quieres, ¿que lleguen los banderines o llegar tú?”. Sin decir nada, Laura mete los banderines y un torrente de mentadas se cargan sobre mí y la adrenalina del momento la invade y empieza a caminar hacia el Portuzuelo de los Vientos. La mantiene con vida la pasión y el coraje de haber dejado sus banderines.
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