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"GENERACCION 14"

MAS ALLA DE LA CUMBRE

CORRIENDO Y NACIENDO

 

Naciendo corriendo. Pum, pum, pum, parado estás y el corazón empieza apremiar, ese domingo comenzó más temprano que los demás, ha llegado el momento y los pies se mueven sin un metro avanzar, todo se amasa en un gran grupo de locos que violenta su interior con el Himno Nacional y poco después un sonido inconfundible: el disparo de salida.

 

Horas eternas de entrenamiento que se diluyen satisfactoriamente con litros de sudor, minutos de dolor y músculos adoloridos en busca de una ilusión. Todo confluye en un sonido, ¡bang!, súbitamente un revoloteo inunda el epigastrio, sensación reservada al roce de los labios amados que se evocan con el primer aliento de una competencia. Al mismo tiempo, a pocos kilómetros de la horda guerrera corredora se desarrolla como universo alterno uno de los eventos más espléndidos y dramáticos en la vida del ser humano, un sonido, no tan explosivo como el disparo de salida, pero más agudo y emotivo: el llanto de un recién nacido.

 

Sinfonía celestial para los oídos de la madre y el cirujano, porque con ese primer aliento empieza otra carrera: sobrevivir. Así, corredores y recién nacido inician sus semejanzas a distancia; peludos con su lanugo como algún corredor con su rizada alfombra en la espalda.

 

Los hay calvos, cuál político depurado en busca del huracán perdido o con su unto sebáceo como aquellos que por mística desde hace un par de días no se bañaron. La respiración aumenta en los dos porque no hay correspondencia entre la oferta y la demanda de oxígeno. En los bebés hay desajuste circulatorio y los corredores entran a un “punto muerto” con sensación de falta de aire y agotamiento en los primeros minutos, pero a pesar de esta ostensible desestabilización, los dos, niño y corredor liberan en su interior una profusa energía proveniente de la inconsciente alegría de vivir e inicia el segundo aliento.

 

 Cuando se produce el segundo aliento, la respiración aumenta, se ajustan los requerimientos de oxígeno y tanto corredor como recién nacido se estabilizan. Uno come y duerme y el otro corre y bebe, uno en espera del calor perdido de su mamá que recuperar y el otro, una línea de meta que cruzar, una medalla para con el corazón abrazar.

 

 Uno tiene horas de nacido, las otras cicatrices de amores encontrados y perdidos, el bebé no puede oír bien porque tiene un gel en el conducto auditivo, algunos corredores no oyen ni pío porque van con sus audífonos bien ceñidos. En donde la similitud ya no se puede seguir es que el corredor está persiguiendo sus sueños y el recién nacido sólo quiere leche materna, aunque corredor y bebé son aficionados perennes al envase de donde ésta llega.

 

Para la mayoría de los corredores es más importante hacer realidad una ilusión que figurar en un libro de récords, porque aquel que se ejercita con la única ambición de ser reconocido como el más rápido, el que más distancia acumula en sus piernas, no llegará muy lejos.

 

 A la larga un corredor no puede vivir con la ilusión de cruzar la meta con un tiempo perfecto, ya que el sueño para que perdure se tiene que trasladar a la realidad, porque la carrera perfecta llega únicamente si se busca con tenacidad; es común oír la frase de que competir en carreras debería ser algo placentero, pero cuántas carreras son más agotadoras que el resto de una semana laboral, además, nadie paga por correrlas.

 

Pero no es el esfuerzo ni la remuneración lo que resulta decisivo, el placer con que se hace ejercicio, ese entusiasmo absoluto que poseen tus sentidos dando forma extraordinaria a las más comunes consideraciones de la vida, respirar, moverte, sudar.

 

 Así, no importa si usted es un hombre fornido o enjuto, sano o enfermizo, porque si bien es indispensable una capacidad cardiovascular respiratoria y muscular, lo más importante en la carrera, como en la vida, depende más de la capacidad espiritual que de la fuerza bruta. La línea de meta a cruzar se pinta con los rayos de cada amanecer, esa tenue luz de vida que nos indica que cada día es una esperanza para renacer.


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