La frase de inicio muestra a todas leyes el carácter de un Himalayista que con su muerte hace dos meses, cuando contaba con 40 años, le ha conferido el carácter de Leyenda.
Fue Jefe de expedición de Yuri mi EPI (Entrenador Particular Israelí-Inglés de los que te hacen vomitar) cuando subió el Lhotse en el 2001; me ha contado tantas historias de él y una de ellas viene a colación para abrir esta columna.
Me platica que al final de la cena en la tienda comedor del campo base, Iñaki decía; “Y que vais hacer mañana” dirigiéndose a los miembros del equipo.
Yuri le respondía: Tú eres el Jefe de la expedición, ¿Cuál es tu consejo?.
“Mira tío, solo los tontos dan consejos, porque si te das cuenta la gente te pregunta para escuchar lo que le acomoda, si contestas como quería oírlo, eres el rey y si no es así, eres un imbécil”
Esto viene a colación por dos correos electrónicos que de antemano agradezco haber recibido y me disculpo por no contestarlos, pero ambos mencionan en resumen que mejor me calle, bueno que no “escriba cosas personales que ha nadie le interesan”.
Ante esto transcribiré brevemente unos renglones que se le atribuyen al Filósofo Griego Aristóteles; “Quienes refugiados en la teoría, creen filosofar y poder así ser hombres virtuosos, se comportan como los enfermos que escuchan con atención a los médicos pero no hacen nada de lo que les prescriben. Del mismo modo que estos pacientes no sanarán el cuerpo con tal tratamiento, aquéllos tampoco sanarán el alma con tal filosofía”.
Ahora pasemos al tema que nos interesa, el doloroso camino de la R a la B.
Yo soy orgullosa ex alumna del Jassá y nunca tuve problema alguno con la escuela ó con mis compañeras; que yo recuerde, el único hecho difícil y que marcó mi camino desde entonces a la fecha fue la historia de la R a la B.
Tenía 10 años y era físicamente un “palo”; que traigan el “bat” decía Picho Videgaray refiriéndose a mí cuando en la calle jugábamos. En ese entonces nunca entendí el perder el tiempo comiendo si podía estar patinando, pero la amenaza de la transfusión de sangre en el Seguro ya me la habían hecho efectiva.
El punto es que mi papá tenía un culto extraño por las boletas de calificaciones y dentro de las reglas del juego estaba perfectamente sabido que la conducta era uno de sus renglones preferidos. Sin tener el porqué presente, un mes me encontré sudando y con la boleta en mano; se veía claramente una R de (regular) en Conducta. El clásico viaje a la casa pidiendo ser dueña de los espectaculares se fue en blanco.
Ya estando ahí, antes de mostrar esas calificaciones, me metí al baño sin encontrar una solución para evitar el regaño. Súbitamente me llené de “sabiduría” y con la pluma “retoqué” la vertical raya que baja de la R y la convertí en B (Bien).
Un minuto, lo tengo bien presente, tardé en entregar la boleta.
Un minuto o un segundo le tomó también a mi papá darse cuenta del fraude, me volteó a ver tan feo y pidió una goma de borrar; en un minuto con ferocidad se dedicó a borrar mi calificación y de su propia mano puso NA (No acreditada). Mi papá en un minuto me reprobó y vaya lío que en la escuela se armó.
Desde ese día y sin haber pasado por Escuela de Psicología o Filosofía, la honestidad y “un minuto” son dos verdades que se erigen en cada momento como rectores de mi vida.
Veo con asombro como la gente desperdicia el tiempo como si éste no se fuera a terminar. Con que sorna y desparpajo se hace de la impuntualidad un estilo de vida habitual. Un minuto me tomo cambiar un rasgo tipográfico en la boleta de calificaciones y la vergüenza de la deshonra me duró meses. Desde entonces hago lo posible por hacer de un minuto la diferencia entre la acción positiva de la negativa.
Cuando suena el despertador tengo un minuto para levantarme, cuando termino de comer tengo un minuto para pararme y lavar los trastes, cuando corro trato de “sentir” a cuantos minutos corro el kilómetro; cuando subo montañas descanso un minuto para recuperarme, siempre trato de dar como margen 60 segundos y seguir moviéndome cada momento.
Esta es la sencilla respuesta a la común pregunta de ¿Cómo se hacen tantas cosas en un día?
60 segundos son la diferencia entre un día bueno o perdido, porque los 5 minutitos extra de sueño se volvieron la diferencia entre poder atender a mis hijos ó completar el entrenamiento.
60 segundos son suficientes para tomar el teléfono y localizar a la persona que tanto te importa, porque excusas para encontrar a quien no quieres ver, siempre tendrás.
Un minuto es la diferencia entre sentarte a ver la televisión y vivir las vidas ajenas en tu ficción o salir a entrenar y hacer tus sueños realidad.
Un minuto te va tomar enterarte de nuestro circuito Himalaya en www.bicentenariomexico.com y otro minuto decidirte a participar, lo que no puedo decirte a ciencia cierta es cuantos minutos de felicidad con esto vas a encontrar