| Madre Espartana
“Resulta cruel descubrir la mediocridad propia cuando ya es demasiado tarde”.
William S. Maugham.
Los 400 metros del salón Juárez se convirtieron después de una hora de exposición en mi coto personal de pasión y entrega. El auditorio se mecía entre la belleza del Himalaya y la tragedia que tiene que soportar el hombre que busca derroteros diferentes en esta vida, en esa fina arista entre el éxito y muerte llegamos a las preguntas y respuestas.
Qué presente lo tengo, se levantó un hombre de complexión media, de edad media, estatura media y sin mediar me preguntó: ¿Está usted preparado para una SMP? – SMP: situación muy pinche-. Volteo a ver a Laura que lucía casi inofensiva en su disfraz de conferencista.
La respuesta fue tan conmovedora como irreal: “Hay que prepararse día con día para afrontar esa situación”.
Qué se puede responder en un salón de conferencias que se encuentra tan lejos de la naturaleza en donde la hipótesis domina la realidad.
A los 7 días de tal pregunta le sobrevino un infarto a mi mamá. Situaciones que uno no se imagina ni en pesadillas pero que se presentan con un dolor y crudeza que no es posible prepararse para ellas y lo peor, escapar de ellas.
El rigor del dolor, la posible muerte de un ser querido taladra el estómago, agobia la razón en momentos que parecen carecer de sentido, el arrepentimiento trata de enmendar el tiempo y los errores anteriormente cometidos.
Mis hermanos giraban en torno a la puerta del hospital, el desfile por la sala de terapia intensiva de personas extraviadas en su autoexilio era conmovedor, por supuesto en horas de visita. Todos querían despedirse de esa madre espartana que se negaba a morir
acostada en una pulcra cama de hospital.
Los griegos mueren de pie, no piden misericordia, lo que la edad y la enfermedad quita, el honor de haber vivido una vida de trabajo honrado y desinteresado, desquita. Es aquella águila perdida que esperamos que se asiente en el nopal y nos indique que es momento de cambiar nuestro trato hacia las personas queridas, nuestro trato hacia nosotros mismos para valorar lo que queremos y despojarnos de nuestro recalcitrante egoísmo. Es extender nuestra alma hacia los brazos de un viento nuevo.
Llanto, arrepentimiento, cobijo, regocijo por la recuperación de lo que creíamos perdido. Una segunda oportunidad para estar, dar y expresar nuestro agradecimiento por tantos días que una madre trabajó para darle lo mejor que pudo a sus hijos. La lógica nos golpea con una simpleza tal que sería imposible no entenderla. ¿Y qué pasó?... ¡Que no se murió!
Con dos infartos bajo el brazo y un buen surtido de insuficiencias mi madre regresó a casa.
Aquel circo hospitalario desapareció y los que pudieron pagar su consciencia lo han hecho con lo mínimo indispensable sin querer dar lo más valioso para una vieja guerrera, el tiempo para platicar con ella.
Los nietos desaparecieron y refunfuñando guardaron sus trajes negros para ir a los antros a olvidar la pena. Las nueras miran para otro lado y voltean sólo para acusar sus penas con aquella suegra que nunca les ha bajado la cabeza. Unos hijos se han expatriado al autoflagelo y se han considerado ilegibles para otra cosa que no sea hablar por teléfono.
El águila no llegó, la crisis no fue tan intensa para poder tener consciencia de la vida y vivir tu propio mundo mejor. Mi madre no perdió su valentía por la cercanía del fin y los demás no se hicieron valientes por el fin inminente de quien los creó.
No esperemos que nuestra vida empiece a mejorar a partir de un suceso, así que vete olvidando de los propósitos de Año Nuevo, de la publicación de la ley antitabaco o que cuando cruces la línea de una competencia va a ser el momento de empezar a ser un hombre nuevo.
La medida de la mediocridad NO es el auto que manejas ni tampoco se mide por tu cuna y alcurnia. La mediocridad se mide por lo que has podido dar a los demás y lo has negado, eres tan mediocre como el miedo que te da estar pendiente de lo que los demás piensan. Al final del día y de la vida lo que cuenta es lo que diste y no lo que recibiste. Por eso tú que me estás leyendo no dejes pasar el tiempo, corre en la madrugada para que el frío te recuerde lo que estar vivo, renace todos los días con el fulgor del amanecer y no dejes de ejercitarte para que en los tiempos duros puedas tener la energía de trabajar para los demás.
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