tocando el cielo 2a parte
TOCANDO EL CIELO...
En esa obscuridad que no permitía distinguir donde terminaba el contorno de la montaña y donde comenzaba la profundidad del cielo, seguimos ascendiendo los cuatro (Yuri, Padawa, Lacpa y yo) con un ritmo más parejo.
Llegamos a una parte donde entre rocas verticales y hielo resbaladizo, volvimos a alcanzar a otro grupo de personas, pero esta vez, por el lugar tan peligroso que era, Yuri tuvo que gritarle a una escaladora Croata, que por favor se moviera, ya que nos dejaba a todos en la mitad de la vertical, en un lugar muy expuesto y colgados de la cuerda. De mala manera, se hizo a un lado y continuamos avanzando. Para este momento llevabamos aproximadamente 5 horas escalando y el cuerpo sentía el desgaste de días previos.
Hubo momentos, tengo que confesarlo, donde juré que no volvería a hacer lo que en ese momento hacía; de pronto no entendía porque tanto dolor, tanto esfuerzo, tal agotamiento; pero rápidamente se iban esos pensamientos de mi cabeza, cuando lograba subir una roca complicada, cuando avanzabamos una cuesta muy empinada, cuando veía a Yuri que seguía subiendo con una seguridad que me daba confianza. Por supuesto si ahora me preguntan, estoy completamente segura de que lo haría una y otra y otra vez.
Los pasos se aligeraron un poco cuando llegamos a la cumbre sur como a las 3:00 de la madrugada. De esta cumbre a la principal, todavía le cuelga un buen rato, algo así como 2 horas. Una breve parada y continuamos para llegar a la parte más difícil, sobre todo porque todavía no amanecía. Yo en ese momento no lo sabía, pero Yuri que conoce perfectamente la ruta, le preguntó a Padawa si cruzaríamos esa arista en la oscuridad y él dijo que sí, que no importaba; de regreso entendí porqué era la pregunta. Esta arista es la que antecede al Escalón de Hillary y verdaderamente está muy expuesta, lo bueno es que no veíamos mucho.
Muchas veces sucede que hasta que vas de regreso y con la luz solar te puedes dar cuenta por donde pasaste, pero ya no hay oportunidad ni siquiera de que te de miedo o de que no quieras pasar, pues de menos tienes que regresar. El tan famoso Escalón de Hillary es uno de esos lugares donde tienes que subir con una agilidad de bailarina de ballet, el problema es que con todo el equipo que llevas encima, más bien pareces astronauta y lo que menos puedes es moverte cual ágil gacela.
Ahí estaba yo trepada en una roca, sentada según las instrucciones recibidas, con la cuerda que pasaba entre mi cuerpo enredada en mis crampones y un precipicio de 1,000 metros. "Solo gira hacia el otro lado!" decía Yuri, "No, la pierna va al revés!" "Jálate hacia atrás", pedía el sherpa y yo como mono de circo tratando de componer mi cuerpo sobre la legendaria roca. Con todo y un pequeño resbalón, por fin salimos de ese pequeño trance que efectivamente de regreso pasé con un movimiento digno del Bolshoi y ya con la confianza que generalmente me da el saber qué estoy haciendo. Es de resaltar que en todo momento difícil como éste, tanto Yuri como los sherpas, me ayudaron con una paciencia excepcional, dentro de la premura con la que había que hacer todo, ya que atrás venían otros escaladores y no es así como que te puedes sentar a platicar.
Pasamos el Escalón de Hillary y entonces sí como un movimiento digno de una gran orquesta, todo acomodado magistralmente, ahí estaba, la espectacular arista final que antecede a la cumbre, el aire helado del amanecer que en este lugar inicia a las 4:45 a.m., todo a nuestros pies era un mar de nubes espesas en el que se antojaba tirarte como si fuera un colchón de suave algodón, a mi izquierda la luna brillante se negaba a desaparecer, al frente la ansiada cumbre, el punto más alto del planeta tierra y a mi izquierda el horizonte bañado con los colores más hermosos por el sol que comenzaba a despertar y dibujaba en el cielo una línea de intenso brillo y color.
Fueron los últimos pasos más hermosos de mi vida hacia lograr un sueño tan ansiado, fué un momento tan mágico en el que casi podía oir una sinfonía (creo que los sherpas y Yuri me decían algo y yo ni los escuchaba). Estaba ahí, en un momento que impregnó para siempre mi vida, caminando hacia la cima, llorando de cansancio y de alegría, en el lugar más hermoso que jamás había estado. No podía dejar de ver el horizonte y sin embargo tenía que concentrarme en los pasos finales. Yuri, como ya es tradición, me dejo pasar mientras valientemente se dedicaba a tomar fotografías. No quería llegar, no quería que esos instantes terminaran y de pronto Lacpa me dió la mano, para poder soltarme de la cuerda y llegar hasta donde están todas las banderas de oración de los tibetanos, amarradas en este místico lugar, donde ya no hay camino alguno, donde se termina todo y lo único que ves es la imponente y majestuosa naturaleza a tus pies, que te llevan a recordar cuán grande y a la vez pequeño puedes ser.
Yuri y yo nos fundimos en un abrazo que contenía tanto gozo y emoción, que encerraba momentos felices, difíciles, desesperantes, llenos de un grandísimo esfuerzo, pero sobre todo de una enorme pasión.
Sentada ya ahí en la cumbre, como si estuviera yo sola en la montaña aunque había un grupo grande de escaladores que habían llegado un poco antes, pensaba en mis hijos, en que me gustaría que estuvieran ahí conmigo viendo lo que yo veía; sin embargo también pensaba que no quería que pasaran por el mismo peligro y sufrimiento para llegar hasta ahí. Al final concluí que no hay gozo tan grande sin sufrir y que ellos su propio camino encontrarán en donde seguramente también como yo sufrirán y gozarán. Por lo pronto esa cumbre simbólicamente se las regalé, simplemente como una señal de que cualquier sueño puede hacerse realidad.
Y a ustedes quisiera regalarles el tesoro tan grande de lo que ví, de lo que viví y lo que sentí, porque con mis manos no pude tocar el cielo, pero con mi corazón sí.
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