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"GENERACCION 14"

MAS ALLA DE LA CUMBRE

                                         Tranquila  

 

  2a Parte

 

   El sendero hacia el Hörnlihutte se pone palpitante y nuestras botas van para adelante siguiendo su meneo. Por primera vez, Laura camina despacio, pero su mirada va de lado a lado y parece gato enjaulado, el viento enaltece su trenza ensortijada, chamuscada por los 220 watts de salida de los contactos europeos que de paso sirven de mástil de nuestro simil de lábaro patrio, una gorra verdiroja con México resaltado. 

 

Camina hacia una montaña única en el mundo llevando bajo la piel su más preciado tesoro, el que no piensa dejar en ninguna cumbre del mundo, el amor de sus dos hijos. Los mismos que ocasionalmente le dicen: “Por qué no puedes ser una mamá normal”.

 

Don Héctor con paso prudente en su mochila guardaba sendos “chevrones” de oro como ofrenda de cumbre. 100 años de lasallismo en México, mismo número de veces que él ha subido el Popocatépetl. 58 años de ser religioso de la educación, número similar de veces de ascensos entre Iztaccíhuatl, Pico de Orizaba y en cuanto chipote orográfico pueda instalar una cruz para honrar al creador.

 

Yo llevaba el paso y compromiso de compartir mi experiencia y mal humor con ellos. Ascendí al refugio que conocí 13 años antes, hoy con dos dedos menos en mi mano, como el número de fallidos que he hecho para conseguir la cumbre de esta montaña. Un trío de mexicanos con piolet en la mano cruzamos el rellano e ingresábamos al refugio apostado a 3,260 mts. 15 días de mal tiempo han conseguido ahuyentar a muchos escaladores, pero aún así, la cifra que quería subir al día siguiente rebasaba los 100. Para una ruta tan estrecha y peligrosa, el resultado final de ascensos se limitaría a menos de 20, teníamos que estar dentro de ésos.

 

La pequeña babel exaltaba una polifonía de acentos y figuras que versaban entre “macho” y “terminators”, es de imaginar que contrastaba la presencia de Laura y don Héctor. Afortunadamente mi cara de “hijo de su Pink Floyd” nos abría camino en este circo de piratas. La visión de los profesionales de la montaña era divertida: Terna de mexicas, empezando por el ‘sin dedos’ que ha cómo friega todos los días preguntando por el clima, la flaca ‘carasustada’ con playera escotada que parece que se le perdió el Sport City, y para cerrar, el hombre de 70 años con cara de bien portado.

 

Y es que, días antes acordamos que dadas las precarias condiciones meteorológicas y la diaria expropiación que los suizos hacían de nuestros ahorros, cada uno de nosotros merecía la oportunidad de llegar a la cumbre. Decidimos que cada uno escalaría con un guía, si alguno se encontraba en malas circunstancias podría bajar y los otros seguir teniendo su oportunidad. Tres oportunidades de colocar la bandera de “Guanajuato en lo más alto”.

 

 La alineación del combinado quedó así: un ropero suizo, Iwan Inboden, se sacó la rifa del tigre y escalaría con el hermano Héctor, acordaron entenderse en italiano. Un experimentado alemán, Thomas Dunner, escalaría con Laura. Y el joven suizo Fabian Mooser, escalaría conmigo. No se puede dormir ahora que llegaba el momento para salir y hacer realidad un sueño. ¿Por qué escalar? Porqué no mejor dormir calientito en mi casa de León con la ilusión de que al amanecer seré alguien mejor sin esfuerzo, sacrificio y riesgo. Toqué el brazo de Laura y me reconforté de que estuviera viva, semidormida y temblando de frío, en poco tiempo estaríamos enfrentando nuestros propios miedos, rompiendo esas ataduras que acorralan al ser humano con más temor a la vida que a la propia muerte.

 

Calzados con arnés, casco y mochila, los tres nos despedimos en silencio con una mirada. El helado viento nos sumergió en nuestra propia batalla de vida. Fabian irradiaba una actitud que envidiaría el Perro Aguayo, salimos “disparados” bajo la muletilla que nos acompañaría ese día: “so far so good” (Algo así como “Ay la llevamos”) y en menos de diez minutos ingresábamos al mundo vertical.

 

Laura, con su instinto de caza liebres, no sabía cómo decirle a Thomas que salir le urgía. No empezó apenas la subida y Laura lo topeteó con el casco en la mochila cual cabra enfurecida, al “German” no le quedó otra que internarse entre atajos y adelantar a un buen número de escaladores. Iwan, por su parte, se tomaba las cosas con calma, subestimando mis recomendaciones de que don Héctor estaba “altamente” entrenado, campechaneó la salida esperando regresar pronto porque se le cansara el compañero García.

 

En menos de una hora, junto con Fabian pasamos a grupos que salieron dos horas antes, se habían perdido por el desfiladero hasta que vieron la luz de nuestro paso. Para ese entonces, Iwan pasó de la angustia a la alegría junto a “García” el de 70, empezó a rebasar un buen número de escaladores y por primera vez cayó en cuenta de que sería un hecho, de ahí en adelante no paró de gritar a todo pulmón “Avanti, García”, sin saber en ese momento que llevaba de compañero a un religioso.

 

Por su parte, Thomas se dio cuenta que la verdadera rifa del tigre se la sacó con mi querida leonesa Laura, quien a todo cascazo quería alcanzarme. Hasta que lo lograron. A los 600 metros escalados y más de 4 mil metros de altura, Fabian tomó un atajo y nos adelantamos a la cordada que nos precedía, yo traía el carburador a todo lo que daba, me había quitado los guantes para poder escalar más rápido. Con la llegada del día alcanzamos la pirámide somital. “So far so good”, en todo lo alto nos recibió una pendiente de hielo de 50 grados, al final, un fuerte viento y la arista cimera nos abrazó en todo lo alto. Llegamos, la cumbre del Matterhorn.

 

Parados en la cumbre suiza de 4,478 metros, dos más alta que la cumbre italiana, terminó en efusivo abrazo. Fuimos los primeros en llegar a la cumbre, algo circunstancial pero vigorizante. Tres horas nos tomó, le bajamos una hora al tiempo ideal promedio. Menos de 30 metros y Laura aparecía para retomar la arista de cumbre, la felicité entre gritos y como avalancha nos precipitamos hacia las cuerdas fijas para tratar de abolir el tránsito de escaladores.

 

Un rapel tras otro y al inicio de las cuerdas fijas, muy alto en la pirámide se escuchaba como aullido “Avanti García”. Mientras rapeleaba como rayo, vi la figura de don Héctor en la pared vertical sus botas empujaban hacia lo alto y sus crampones sacaban chispas. Entre gritos me felicitó y le comenté que no faltaba tanto.

 

Si algún recuerdo hermoso en estos momentos guardo, fue ese. La montaña se veía como un vertical campo de guerra, cada uno daba todo de sí, física y mentalmente, no había sangre en la piedra, pero cada quien dejaba girones de vida en esas laderas. La bajada de una montaña tan escarpada es igual de larga que la subida, pero regresamos al refugio poco antes de las 11 de la mañana. Media hora después, Laura entraba feliz arrastrando a Thomas.

 

 Dos horas después entraba don Héctor acompañado de su ropero, el cual gozozo pregonaba a los cuatro vientos que sus pecados ese día serían absueltos. Es difícil narrar la alegría de ver un sueño hecho realidad. Un “día” que duró años de ilusión y entrenamiento. El mediodía del 10 de agosto había terminado.

 

Fue cuando un viejo refrán francés tomó un sentido de vida: “Todo lo que tiene de grande la montaña, está en nosotros”

 


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