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"GENERACCION 14"

MAS ALLA DE LA CUMBRE

UNA VIDA DE ESPERANZA

 

 

Por Laura González del Castillo Aranda

 

 

Cuesta trabajo asimilar el hecho de ser merecedora de un reconocimiento tan grato como el galardón a la mujer Guanajuatense que otorga el GUMSAC por hacer algo que me gusta tanto y ha llenado mi vida de paz y alegría;  subir montañas.

 

No quiero desperdiciar esta oportunidad que me dió Sergio Pablo Tejada de tener contacto con ustedes, amables lectores e iniciar una diatriba entre la falsa modestia y la equidad sobre si merezco este reconocimiento.  Pero si quiero hacerles saber,  a ti mujer que día a día luchas por sacar tus hijos adelante, a ti que has sido injustamente señalada por querer rehacer tu vida buscando una nueva luz, a ti, hermana de silencio, que sabes la angustia de tener que callar  el miedo,  sin perder la esperanza de que nuestro trabajo nos dé nuevos derroteros,  por ustedes que sufren y han aguantado lo que yo;  en nombre de todas esas anónimas guerreras recogeré este reconocimiento.

 

Esta es la primera vez que escribo en el periódico, me emociona y  confunde,  siento una gran responsabilidad de compartir más que señalar, de proponer más que fustigar y de hacer sentir más que racionalizar. Así que trataré sobre las tres preguntas mas frecuentes que me hacen en estos días; ¿No te da miedo caminar y escalar esas montañas? ¿Cómo le haces para aguantar el dolor y seguir adelante? ¿Cómo soportas la soledad al estar tan lejos?

 

El miedo, la palabra que explica el término científico de sinestesia, experimentar un sentido mediante otro; cuando me bajé del tren en Zermatt y ví por primera vez la Montaña que iba a escalar, el Matterhorn,  podía sentir la velocidad del viento rozar  mi cuerpo;  o esta última vez, en el Aconcagua, mis botas resbalaban en el hielo y veía a mis pies el gran acarreo, tenia entonces un sabor de boca como si masticara acero.

 

En esos dos momentos específicos he salido adelante gracias a que he pensado  que tengo dos grandes hijos por los cuales no me puedo dar el lujo de acobardarme.

 

Miedo, ¿habrán experimentado los montañistas y escaladores  realmente lo que es el miedo? El miedo se huele, el miedo te hace sentir dolor  tan solo con recordarlo. Yo si he tenido miedo, mucho miedo, cuando no podía ni siquiera expresar lo que sentía, hablar lo que me ahogaba, cuando indefensa temblaba por el miedo a quien te golpea no solo el cuerpo sino el alma. El miedo tiene memoria, afortunadamente aprendí a transformar ese recuerdo en la fuerza que hace que mis piernas me lleven muy alto.

 

Después de haber pasado eso, nada te puede dar miedo, ni el monte mas escarpado.

 

El dolor;  no se si realmente el mito popular de que las mujeres tenemos el umbral del dolor más alto sea una realidad, pero a mi no me gusta el dolor y  por eso entreno tan arduo. Esto que parece un sin sentido, a mi me ha resultado, las punzadas en  los muslos al pedalear en las subidas en bici a la sierra se van aminorando entre más subidas hago.

 

 

 

El dolor que es más difícil de remediar es del alma.  Esa punzada que atraviesa el pecho llegando a la espalda y asentando sus huestes atrás del esternón.

 

El dolor de ser ofendido por un ser querido por no llevar la vida de una VSA (viuda socialmente aceptable), el dolor  de la crítica malsana a espaldas  porque no es “normal” hacer tanto ejercicio, el dolor de que a pesar de entregarte a tus hijos te cuestionen si los estás abandonando,  el dolor de perder tus ahorros y automóvil al ser vilmente robada por tu esposo,  el dolor que te digan “tú te lo buscaste”.

 

Para ese dolor no hay entrenamiento que valga, no hay medicamento que ampare, no hay rezo que repare.  Ese dolor lo he tratado recapacitando lo afortunada de seguir con vida y sana.  Volteo y veo que hay gente con problemas mas dolorosos y en ese momento doy  gracias a la vida, sonrío y  me olvido del pasado.

 

Cuando el dolor me agobia el cuerpo y toma mi conciencia en la montaña, respiro profundo veo el esplendor de la naturaleza que me rodea y se que escalo para llevar mi ser y el de mis seres queridos conmigo a un lugar más alto.

 

Soledad, he vivido en soledad rodeada de multitud, en la montaña no hay gente ni teléfono celular, el silencio se rompe por el canto del viento,  pero me siento tan cobijada en mi fuero interno porque estoy haciendo lo que quiero.

 

La soledad no es cuestión de gente,  es un problema de falta de sueños.

 

Mi infancia fue un hermoso banquete de travesuras y patines sobre ruedas, pero en las noches soñaba que mi mamá llegaba y me abrazaba. Nunca pasó porque mi mamá falleció cuando yo tenía dos años.

 

Mi vida adulta es un hermoso banquete de aventuras y patines sobre ruedas, pero en las noches sueño que yo abrazo a mi mamá y  le cuento todo lo que he hecho, ahora tengo cuarenta y un años.

 

Lo que hoy he compartido con ustedes es un corazón abierto con la única razón de que sepan que si están pasando por un mal momento, no se desesperen, es cuestión de que encuentren como encausar sus sueños y de que estén seguras que nadie puede hacerlas infelices si se proponen luchar por ellos.

 

Así, este galardón lo recibo como un reconocimiento a  todas las madres solteras, viudas, abandonadas, divorciadas, que día a día escalan su propia montaña;   por esta Asociación que muchas personas critican y menosprecian;  por todas las mujeres que quizás en el rincón en el que ahora están, encontrarán como yo una luz de esperanza para su vida y por supuesto por quienes son hoy para mí los que me llenan el alma: Andrea, Cristián y Yuri.


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